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Silvia Abril y el catolicismo español

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Generalmente en esta bitácora no suelo escribir en castellano, ni tampoco acerca de asuntos de actualidad. Pero hoy hago excepción en ambos casos porque quiero hacer uso de los comentarios recientes de Silvia Abril en los Premios Goya para tratar unos asuntos que creo que es más profundo en la Iglesia española. En primer lugar sería el tema más local, siendo la reacción de muchos católicos españoles frente a estos comentarios; y en segundo lugar, quiero explorar lo que yo creo que está ocurriendo con la juventud española y su actitud hacia la Iglesia.

Los comentarios

Partiendo de los comentarios de la señora Abril, son evidentemente críticos con la Iglesia, cosa que no ha de sorprender a nadie. Pero eso es precisamente lo que, al menos a mí —que reconozco que soy medio extranjero, por lo que no comulgo del todo con la cultura española— me resulta extraño la reacción de los católicos españoles. Si al menos fuera el caso que los comentarios de la señora Abril fueran blasfemos, pues habría motivo de escándalo. Pero los comentarios tampoco eran algo tan irrespetuoso, considerando su contexto coloquial. Entonces ¿por qué el escándalo? ¿Acaso nosotros no tendríamos una reacción similar si hubiese un movimiento de jóvenes yendo hacia el mahometismo? Y seguramente con comentarios muchísimo más ofensivos que lo que dijo la señora Abril. Es como si tantos católicos sintiesen una inseguridad ante estas palabras que requiere que respondan de esta forma tan exagerada. Decir, como ella dijo, que no entiende por qué los jóvenes buscan el sentido de todo en la Iglesia, en la Fe cristiana, no es un comentario ofensivo —pese a que utilice un lenguaje vulgar para expresarlo.

En todo esto, lo que veo son vestigios de una Iglesia española que aún no se ha dado cuenta del signo de los tiempos que vivimos y está tardando en adaptarse. Pese a la historia gloriosa que ha tenido España como país realmente católico, y pese a la importancia que sigue teniendo esa tradición en nuestro país, el mundo ha cambiado —para lo peor— y España ya no es el país confesionalmente católico de anteayer. Y pese a que la mayoría de los españoles siguen siendo, al menos, nominalmente católicos y más aún bautizados y por lo tanto miembros de la Santa Iglesia, la amplia mayoría de éstos no son practicantes y no es difícil creer que incluso entre aquellos que el CIS denota como «practicantes» habrá más de uno y más de dos que rechazan formalmente doctrinas autoritativas de la Santa Iglesia. En un país así, esperar que una mujer española, que encima es humorista, tenga reverencia cuando hable de la Santa Iglesia Católica, es ridículo; no porque no ha de tener esa reverencia hacia la Iglesia —eso lo ha de tener y ha de convertirse y arrepentirse por el propio bien de su alma, no sea que acabe en el sufrimiento eterno del Infierno— sino porque vivimos en un país apóstata y (como mínimo) herética.

A su vez, creo que nos falta priorizar correctamente asuntos como este. Dentro de la Iglesia en sí ya tenemos suficientes cosas que solucionar que un pequeño comentario de una humorista en la televisión no creo que merezca aparecer en nuestro radar. Tenemos grupos en activa rebelión dentro de la Iglesia que rechazan doctrinas formales, como serían ICHTHYS, María 2.0 y Revuelta de Mujeres en la Iglesia, que no sufren acción disciplinaria pese a su desobediencia activa. También, como mencioné más arriba, muchísimos católicos rechazan abiertamente doctrinas y dogmas por una mala catequesis, no porque nadie se lo haya dicho, sino porque nadie se lo ha explicado razonablemente. Incluso hay el gran problema —aunque quizás sea muy local a Sevilla o Andalucía— de las blasfemias y los juramentos vanos (e.g. cuando se dice «te lo juro») de muchos fieles, que son pecados graves contra nada menos que el Segundo Mandamiento, siendo por eso un pecado extremadamente grave y causando muchísimo más escándalo —ya que da a entender a los no-católicos que un católico puede cometer ofensas contra este Mandamiento— que una mujer famosa, que ni finge ser católica, mostrándose crítica con la Iglesia.

¿Cuál ha de ser la reacción correcta, entonces, a los comentarios de Silvia Abril, y por lo tanto a todos los casos similares en el futuro? Para la amplia mayoría de nosotros: ignorarlos. Los amigos y conocidos católicos de ella sí que podrían hacer más para cambiar su opinión y rogarle hablar de una forma más respetuosa de la Iglesia y la Fe, y respete la fe que tienen los jóvenes que vuelven a la Fe de sus padres. Pero entre nosotros, la plebe, ignóralo. Ella dice lo que dice por ignorancia o por malicia, pero en ninguno de los dos casos es prudente responderle. Si lo dice por ignorancia, la reacción ofendidita de los católicos sólo demuestra una inseguridad que tenemos en nuestra fe, basándola tan sólo en un sentimiento subjetivo de tal modo que es «verdad para mí». Pero si algo es «verdad para ti», pero a mí y en «mi verdad» se parece repugnante, ¿es que he de cambiar el tono tan sólo por tus sensibilidades subjetivas? Por esa regla de tres también hemos de referirnos a los transgéneros por el género que ellos quieran —aunque sea una mentira— porque si no ofendería también a sus sensibilidades subjetivas. Por otra parte, si lo dice por malicia, la reacción defensiva de los católicos es precisamente lo que busca y sólo habéis conseguido darle la satisfacción de haber hecho temblar de escándalo a mundo católico español con tan sólo algunas palabras que ni siquiera eran blasfemas.

Una nueva generación española

Moviéndonos al asunto más general de los jóvenes españoles y su relación con la Iglesia Católica, creo que la actitud de la señora Abril expone la incomprensión que tiene esa generación ante la juventud. La generación de la señora Abril, siendo la misma que la de los padres de muchos de nosotros, es una generación que tiene una asociación mental muy fuerte entre la Iglesia Católica y el retraso social. Muchos de ellos vieron la Transición y modernización de España, y en buena parte esa modernización incluía como punto muy importante deposición social de la Iglesia. Ya no sería parte del mismo corazón de la identidad española, sino que se volvería como una institución civil más. Esto fue la gran lucha de esa generación, particularmente entre aquellos que se identificaban más con la izquierda.

Pero la juventud de hoy, pese a que quizás sigan aún los ecos de esos sentimientos en su discurso —particularmente por la izquierda—, realmente no mantiene este prejuicio. Se han criado en una época donde la Iglesia representa una institución débil, inofensiva, y constantemente intentando acomodarse —por degradante que sea— a la cultura contemporánea y haciendo actos públicos de humillación por su pasado glorioso. En otras palabras, para los jóvenes de hoy es una institución de niños obligados por sus padres a ir a catequesis y mujeres ancianas que van a Misa por una piedad personal. Y si la visión que tienen los jóvenes de la Iglesia es una tan sometida y apaciguada, todo el discurso de la generación anterior que lo ve como el gran opresor del pueblo español no resuena tanto. Entonces realmente la mejor forma de describir la actitud de la amplia mayoría de los jóvenes hacia la Iglesia es sencillamente indiferencia.

Esto, por parte de la Iglesia, presenta una oportunidad. La juventud tiene una idea muy particular de lo que es la Iglesia en España, y ha perdido ya en gran parte los prejuicios de las generaciones anteriores. La Iglesia tiene una oportunidad de ofrecerles algo que verdaderamente les sorprende y que sale fuera de sus expectativas de Misas de niño y abuelitas. Si a esta juventud se le presenta una Iglesia que realmente cree en sus doctrinas, que las defiende razonablemente con claridad ante cualquier crítica, y que no tiene miedo a enfrentarse en debate con el mundo, creo que hay muchos jóvenes que, aunque no tengan una conversión, al menos sentirán interés por la Iglesia, la tomarán más en serio, y le mostrarán más respeto. Y eso se hace, para empezar, tomando en serio nuestra propia Fe, y tomando el consejo del primer apóstol de estar «siempre dispuestos a dar respuesta a quien os pida razón de vuestra esperanza» (1 P. 3,15). Hay que ser católicos con convicción, enamorados de Jesucristo, sin avergonzarnos de nuestra tradición ni de las verdades que por Cristo han sido reveladas. Hay que ser conscientes de que pese a las acciones malvadas que podrían haber cometido algunos católicos a lo largo de la historia, la doctrina, que nos es dada por el Padre a través de su Hijo, Jesucristo y preservada por el Espíritu Santo, nunca se ha manchado de error y por tanto nunca nos puede defraudar. Porque aunque nosotros seamos infieles —y como cristianos reconocemos que lo somos mucho— Él permanece fiel (2 Tm. 2,13), Aquél que es «el mismo, ayer, hoy y por los siglos» (Hb. 13,8). Y si es por esto de lo que nos gloriemos, y no de afanes mundanos que son obra nuestra, no hay motivo alguno para avergonzarnos ni humillarnos (Is. 45,17).